Eran las fiestas del pueblo, Leyre y sus amigas habían salido. Todo pintaba como una gran noche, en un ambiente con música a tope, gente bailando, risas… Casi había terminado todo, cuando se encontraron con él. Él era el chico del que estaba totalmente enamorada, el chico con el que había estado durante todo un año en clase, lo conocía de toda la vida. Pero, desde hacía tiempo atrás había empezado a sentir algo más por él.
Ahí estaba él, con uno de sus mejores amigos y con una copa en la mano. Con ese aire de chulería que tanto le gustaba, con sus resplandecientes ojos azules y su pelo rubio.
Cuando se aproximaron a saludar, ella lo miró pero él no mostró ningún interés. Miraba a todos lados, las saludó a todas, pero a ella no le dijo nada. En ese momento sintió que el mundo se le venía encima. Su amigo la saludó con un guiño un tanto gracioso a lo que ella respondió con una sonrisa un poco forzada, por el momento por el que estaba pasando.
Leyre solo deseaba el poder desaparecer, pero no quería estropearles la noche a sus amigas. Una de sus mejores amigas estaba con su novio y las demás bailaban con otros chicos, así que ella sacó ganas y fuerzas de donde no las tenía y fingió pasárselo mejor que ninguna.
La noche ya terminaba y cada una partió rumbo a casa. Cuando llegó, la casa se le vino encima, no paró de llorar en toda la noche. De nuevo pasaba, el escudo que había puesto entre él y ella se le había venido abajo. Creía que por fin había olvidado a ese chico, pero todo era una invención creada por la desesperación que le provocaba el estar enamorada de él y que él mostrara un desinterés infinito.
En ese momento, aprendió que tenía que aceptar que era verdad que lo quería y que no debía intentar pintarlo como una gran mentira suscitada por el sufrimiento del rechazo provocado por él.
La vida empezaba a cambiar, ya no era esa niña que no se enteraba de lo que pasaba a su alrededor, ahora era casi una adulta y sentía las cosas más que nunca. Y aún más, siendo ese primer amor, que siempre recordaría.

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