Recostada en su regazo, sintiendo su corazón latente en
amor. Recordando su manera de amarlo en su sencillez. La dulzura de sus ojos y
su forma de callarse tan sensual.
Recostada en su regazo, crea un mundo visible para dos, invisible
a la humanidad. El cómo formar parte de su cuerpo sin sentir que ella misma se
desata en una furia de sentimiento y deseo. Sin ver qué momento justo se cae a
la mitad y desarrolla un huracán de emociones casi humanas y sensaciones nunca
conocidas.
Recostada en su regazo, nace en sí una historia nunca
escrita por los grandes enamorados. Ella siente el infinito deseo de lo eterno
y el tópico del olvido de su amante. La utopía perseguida de una enamorada
soñadora en una historia de comienzo con fin.
Recostada en su regazo, le regala una mueca de cariño. El
lenguaje que solo ellos perciben, el cual únicamente significa el siempre que jamás se atreverían a decir.
La caricia patente en cada parte de su cuerpo. El aroma grabado en cada poro de
su piel y sus nombres tallados con la tinta imborrable de sus corazones.
Recostada en su regazo, admirando su rostro cambiante en
cada segundo, su parpadeo constante en cada mirada. Sus bocas se funden en un
dulce intercambio de sabores frutales y aroma a paraíso único. Sus manos se
juntan, sus cuerpos permanecen inertes soportando el ardiente deseo del tacto
entre ambos. Y de fondo una luz tenue de la noche más oscura de todos sus días.
Recostada en su regazo, renombrando cada parte de la
perfección hecha de su anatomía, recorriendo con sus ojos todos y cada uno de
los recovecos de su cuerpo. Admirando la belleza de un mundo sin igual. La
energía no cedida y el calor de un cuerpo que ha quedado recostado sobre un
regazo convertido en la morada de su amor.
El silencio se convierte en la banda sonora de un instante
profundo, sediento de respiraciones aceleradas y un suspiro que deja entrever
un te amo eres mi vida, en cada
rincón de su habitación.
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